sobre mitos y leyendas | cuentos | poesías | historias | chistes |

mi curriculum


La violencia es el miedo a los ideales de los demás
Gandhi



espera un par de minutos plis



latin music_my space


TENTATIVAS Y VARIACIONES

 


http://lasillatienearte.blogspot.com/









 


home blog colectivo



Carta a Rubén (para imprimir) por Alejandra Raposo Agosto de 1999 Rubén, el otro día cuando te fuiste me quedé pensando mientras revolvía un frío y poco apetitoso plato de porotos negros, en eso que hablamos de los “insectos y su supervivencia”. Recordé que cuando chica llegó a mis manos el famoso libro “La Metamorfosis” de Kafka, y tuve oportunidad de leer algunas páginas. En realidad el suceso no tiene mucho que ver con lo que nosotros conversamos, pero esas curiosas descripciones se convirtieron en aterradoras imágenes que ocuparon gran parte de mis pensamientos durante varias horas, sin que yo pudiera concentrarme en otra actividad. Para serte franca, de niña la historia no me llamó mayormente la atención y la dejé abandonada junto con los otros libros del estante (se oye mejor que confesar que me aburrió y que quedó empolvándose en la sección de los libros aún vírgenes del librero). A pesar de que en ese entonces no tenía edad para apreciar su valor literario o características de otra índole, se entiende que el problema fue y sigue siendo mío, pues al igual que muchos mortales, necesito ver una cosa para creer en ella. Yo diría que me cuesta bastante trabajo imaginar que me convierto en algo que no soy, así es que sigo la ruta más fácil de no imaginarme nada, aún sabiendo lo inmersa que estoy en este tema. Trato de decir en el fondo que no es tan difícil como uno piensa ponerse en los pantalones del otro. No estoy proponiendo dedicarle unos minutos o largas y tediosas horas de profundo análisis al asunto, sino que basta con zambullirse en el montón de dificultades que hay que sortear cuando un ser extraño al mundo de los humanos debe vivir obligadamente en él. Hablo de ser muy diferente y tener que acomodarse a las diversas, pero insuficientes formas, que hay de subsistir. Seguramente aparecen inconvenientes cada vez que quieren hacer algo. Inconvenientes que no suelen ser para nada flexibles con la apariencia o las torpezas que pueda cometer ese ser debido a sus grandes diferencias. De hecho no hacen más que recordarle a cada segundo lo fuera de lugar que se encuentra. Me refiero al profundo drama que significaría que a algo como a un elefante se le ocurriera la desafortunada idea de tomar un lápiz. Sin duda la imposibilidad de realizar un acto tan simple lo llenaría de rabia. Ojalá eso fuera todo. Me pregunto qué tipo de sensaciones recorrerían la mente de las personas sí un día cualquiera al despertar se percataran de que están cubiertas de pies a cabeza con suaves y tupidos pelos como los de una araña pollito, o en la mañana abrieran los ojos y descubrieran que ese calor que los sofoca, no es provocado por la fiebre, sino que es la sartén de un cocinero que los fríe para la cena, ¿Cómo se enfrentarían con una situación que por donde se la mire, resulta del todo imposible? Un sueño. ¿Qué más podría ser?, ¿Qué otra cosa perteneciente al mundo terrenal nos llevaría a vivir dentro de los límites de la fantasía?. No sé que hubieses pensado tú, pero yo al menos pensé eso, ya que mi estado era demasiado inexplicable para ser real. En toda mi vida jamás había tenido verdadera noción de que le pasaran este tipo de rarezas a algún ser viviente. Esto me motivó a mirar confiada a mí alrededor esperando encontrarme dentro de un nido de incoherencias típicas del mundo de la inconsciencia, para descartar enseguida esa situación tan escalofriante, pero me decepcioné un poco al notar que la pieza me era bastante familiar. Unas cuantas prendas de ropa tirada, los cassettes desordenados como si alguien hubiera estado escuchando música, los rayos de sol entrando por la ventana y varando en mis ojos. “El verano en todo su esplendor” ostentando su hermoso brillo. La única cosa que me hacía tener una aliviadora sospecha era que todo lo que veía lucía inusualmente inalcanzable y se movía torpe como tiritando de frío, sin reparar en que habían más de treinta grados, cual si fuera una tonta alucinación. Aun así, mi dormitorio estaba rodeado de una estela de cordura que no dejaba de preocupar a mi razonable corazón. El lapso que se supone debería durar aquel “sueño”, rebasaba todos los límites habidos y por haber. Algo más que alterada por la angustiante demora, jugaba a aclarar mi mente poniéndome repetidos acertijos, con la intención de dilucidar el perdido lugar en el que andaba mi afiebrada cabeza loca. Casi convencida que se trataba de una pesadilla, me retorcía entera tratando de despertar y abandonar corriendo aquella descabellada situación (no suelo ser impaciente pero esta vez reconozco que la paciencia no me alcanzó a durar mucho). Cuando me di cuenta que no estaba inmersa en ninguna fantasía, me invadió por completo ese confuso pánico que más, que ayudar, provoca una inmensa angustia parecida a la desesperación. No pensé en nada más que en ir a refugiarme tras las faldas de mamá y esperar a que ella arreglara todo, pero para mi pesar, esta vez no pudo hacer nada. Si no me equivoco deben haber pasado al menos dos años en los que creí con toda franqueza que esta increíble experiencia desaparecería tan de improviso como llegó. Pensé que esto era un traspié pasajero que pronto terminaría para que yo continuara en lo que había quedado. Era lo más lógico pues me esperaban mis estudios, mi reciente matrimonio y un futuro del todo prometedor. Quise hacer que el tiempo retrocediera hasta llegar al tipo de vida que algún día tuve, sin darme cuenta que esta nueva forma de existir ya se hacía querer por sí misma y que ya tenía vida propia. En ocasiones, cuando pataleo para todos lados buscando la forma de sentarme al borde de mi cama, me acuerdo de las cucarachas que solía voltear sobre su espalda con un palito para observar qué reacciones tenían. Alcanzo a ver con dificultad como mis piernas se agitan incansables sobre mi organismo, tratando de realizar un acto que no saben hacer con este cuerpo. Empiezo a sentarme con todo el ánimo que estimo necesario, pero este siempre parece insuficiente, pues la colcha se encarga de que no me alcance hasta el final, y así detener cualquier afán de independencia que pueda mostrar. Lo repito muchas veces con la sangre calentándose cada vez más al ver tanta fuerza desperdiciada, hasta caer vencida con los ojos abatidos y llenos de espesas lágrimas. Por más intentos que haga para incorporarme, quedo hundida en la fangosa maraña que forma mi cubrecama o, peor aún, atrapada como una estúpida mosca en la engañosa trampa de una tela de arañas que va cubriendo mi iniciativa capa por capa. Mis enérgicos empeños por liberarme, se ven cruelmente burlados porque sólo logran que me pegue por todos lados a esa invisible y resistente red que me va aniquilando las fuerzas, hasta quedar inmovilizada como sí fuera un solitario insecto más. Te debo dar las gracias porque me hiciste recordar que ese desesperado pataleo que lucha inútilmente por ponerse en una posición más digna para la pelea, es tan sólo eso. Que podría pasarme la vida en ese mecánico forcejeo inútil cargado con esfuerzo y muchas gotas de sudor, sin obtener nada significativo a cambio. Es que hay veces en que tienen que darme vuelta las páginas al revés para que me pueda dar cuenta que ahora, además de tener otro modo de resolver las actividades más básicas, también mi manera de pensar ha sufrido transformaciones. Tanto que se podría decir que ya no soy yo. De todos modos guardo un especial cariño por aquella que un día se dio cuenta de que su vida estaba dado un vuelco de ciento ochenta grados. Fue después de transcurridas algunas semanas desde mi catastrófico infarto. Por suerte estaba instalada en mi querida casa y había abandonado aquel ajeno hospital. No obstante la grata compañía de ese día, yo me encontraba sumida en mis pensamientos ya que en esos días me era prácticamente imposible comunicarme con los demás pues no hablaba. No eran pensamientos profundos o trágicos, ni nada por el estilo. Sólo me intrigaba saber el por qué sí mis manos se entrelazaban atrás de mí, y yo estaba recostada de espalda, no me aplastaba los brazos. Llena de curiosidad dirigí la vista hacia ellos para cerciorarme de su posición. En el momento que lo hice, me pareció divisar que me acompañaban cómodos a cada lado de mi cuerpo. Por supuesto que pensé que la vista me había engañado ya que eso de ver una cosa y sentir otra era demasiado nueva para mí. Levanté mi cabeza queriendo asegurar mí impresión primera con una vista global de la escena. Esta se quedó pegada a la almohada haciéndose la sorda. Era la primera vez desde el accidente que necesité moverla y su nula manifestación me dejó muy sorprendida. Me había dado cuenta hace algún tiempo de que mí cuerpo estaba inmóvil pero no tenía idea de hasta qué punto, tal vez porque me sentía muy mal como para intentar hacer algún movimiento. La elevé por segunda vez pero tampoco me resultó, la tercera y vencida, respondió menos. Atónita, traté infructuosamente toda la tarde hasta que me dormí de cansancio pegada a la sábana empapada en transpiración. Ese fue el periodo en el que comprendí que estaba siendo arrastrada por un remolino salvaje y violento del que tenía que salir a como diera lugar. Pataleé sin sentido hasta que finalmente hubo pequeñas respuestas para mis pequeñas intenciones pues lo primero que hice al otro día fue despegar varios centímetros la nuca de la cama. Me sentí tan fuera de peligro que no me interesó entender por qué razón se negó a obedecerme con anterioridad. Creo que más que coraje, salió el instinto a defenderme con toda esa fiereza innata que lo caracteriza. Traté de dejar al furioso remolino que me enrollaba en su húmeda lengua, agitando mis brazos asustados lo más rápido que podía. Ese tenaz empeño cambió con el tiempo y hoy, mi mejoría pasó a formar parte de esta nueva forma de vivir que llegó sin ser invitada pero que poquito a poco se fue ganando mi respeto y mi comprensión. Créeme cuando te aseguro que tienes mucho que ver, porque hay veces en que le pongo una voluntad tan equivocada a mi pequeña guerra, que yo misma me pierdo entre la marea de flechas y espadas que aparecen en el campo. Sí en algo estoy clara, es en que tú me enseñaste a luchar “con ella” y no “contra ella” como lo venía haciendo hacía rato. Quisiera contarte los problemas cotidianos a los que me veo enfrentada todos los días, protegiéndolos con un escudo de impenetrable dignidad y dejando de lado ese falso misticismo del que están rodeados, pero se hace tan difícil embellecer un estornudo, el como me las arreglo para no botar saliva por donde paso o mis indecisos y torpes pasos que intentan ir a donde les mando. ¿De qué manera que sonara romántica podría decirte que hoy estuve parada unos momentos sin compañía? Sé que estas palabras suenan a nada, a un día empapado de quehaceres absolutamente cotidianos sin emoción alguna, vacíos de toda alta pretensión. Pero este no fue el caso. Pese a que el intrascendente episodio fue así de literal, fabriqué suficiente adrenalina como para convertir un poco de agua en un violento huracán. Me dejaron frente al espejo de mi ropero, el mismo que actuó como el más fiel de mis confidentes en mi adolescencia, entrenando el inestable equilibrio con el que quedé luego de sufrir mi accidente. Este es tan precario que más bien me parecía a un tallarín cocido que ondeaba sin descanso en todas direcciones. Por varios minutos que se sintieron igual que una eterna sesión de castigo sentada al fondo de un vacío salón de clases escribiendo un centenar de veces frases sin ningún sentido, permanecí agarrada con uno de mis brazos a una gruesa barra de fierro. De tanto apretarla en la inútil búsqueda de seguridad, este se puso igual de duro que un trozo de pan añejo, hasta el punto de hacérmelo doler. Después de unos minutos, mi espalda comenzó a jorobarse imitando la curva que hace el lomo de un camello, sin tomar en cuenta que yo hacía todo lo posible por mantenerme erguida. Miraba hacia el techo tratando de enderezarme y olvidar el cansancio que me pesaba más que diez enormes bolsas de arena. No quería renunciar antes de que estuviera un tiempo más o menos aceptable así que insistía en aguantar y a la vez guardar un poco de aliento para los últimos segundos, sin importar que sintiera toda mi musculatura dolorida. De verdad ponía de mi parte para sostenerme, incluso me esmeraba por ocupar mi mente con cientos de recuerdos agradables del pasado pero estos se convertían en insignificantes dardos extraviados que rebotaban sobre la invencible coraza de temor y agotamiento que reinaba sobre mí en esos instantes. Mis pies, ocultos tras el caluroso forro que cubría por dentro mis viejos y poco caminados botines, se llegaban a acalambrar de lo tiesos que se pusieron ante la difícil obligación de dejarme quieta en el mismo lugar. Quería enterrar los dedos como un gato clava sus uñas en un chaleco de lana, aferrarme de algún modo a las resbaladizas tablas de madera que cubren el suelo de mí dormitorio pero el martirio no surtía ningún efecto. El esfuerzo sobrehumano que ingenuamente creía que hacía, se desvanecía detrás de mis ojos que veían en el reflejo del espejo la triste imagen de un edificio en demolición. Aunque no quisiera pensar en ello, aunque no quisiera dedicar mis días a un quehacer tan vano, sé que es mejor acostumbrarme pronto a la idea de hacer las actividades diarias para las cuales estoy hecha, hasta que se grave profundo en mi cerebro al igual que las inocentes gotas de ácido van surcando el impenetrable metal de una plancha que se graba, que esa es la mágica forma en que debe hacerse para que el miedo que está al acecho de media vuelta y me deje caminar con total libertad. Me es complicado explicarte un miedo tan falso como el que yo siento porque no está a la vista. No lo entenderías sí yo lo extendiera y te lo leyera como se hace con un papiro. Yo estoy por pensar que es algo más complejo de entender que unos cuantos símbolos egipcios. Creo que es muy parecido a los zócalos de madera apolillada que rodean las habitaciones de la casa. Aparentan ante cualquiera que los mire, una solidez extrema que hace olvidar como se desintegran ante los suaves topes que hace la escoba al avanzar sobre ellos. Bien, más o menos lo mismo pasa con mis piernas. Creen sentirse firmes y seguras, pero a medida que tú te alejas se vuelven tan frágiles y quebradizas, que si las pongo demasiado rígidas, temo que se vayan a deshacer. Yo comprendo bien que si llego a caerme, sólo me queda volver a levantarme. Como puedes ver, no es sencillamente un temor desnudo en el que me dé demasiada aprensión llegar al suelo sino que es una suerte de desconfianza en lo que se encarga de soportar al resto de mi cuerpo. También me asusta el no poder reaccionar, saber que gran parte de mí apenas se mueve. Esto hace que me sienta prisionera, atada de pies y manos dentro de un gran saco harinero, lista para ser arrojada desde arriba de un camión que descarga mercadería. A lo mejor me miento, y es tan simple como que me da horror porque sí, o un poco de ambos motivos. Creo que ese terror tan injustificado es de esas cosas que vienen fáciles pero que aún no les ha tocado el tiempo de irse totalmente. En todo caso pienso que no es un pánico de esos que causan traumas en quien los vive porque aunque recorre mi cuerpo con esa intensidad que intento explicarte, su rápida desaparición en cuanto me siento segura, no hace más que delatar lo superfluo que es en su interior. Estas horribles sensaciones empezaron a aparecer estando aún en uno de los hospitales por los que pasé. Sin darme cuenta en qué preciso momento me comenzó una cierta inquietud por los cercanos bordes de mi cama. Mientras pasaban los días, la vulgar inquietud fue dando paso a una preocupación extrema ante la mentirosa magnitud del peligro. A pesar de que mucha gente a mi alrededor se desgastaba dándome interminables explicaciones sobre lo imposible que era caerse, yo rompía a llorar como un niño cada vez que me movían una mano. Quizás los peores momentos eran cuando tenía que hacerme algún examen y me tocaba recorrer casi todo el antiguo y extenso hospital en una estrecha camilla. En ese obligado avance mi cuerpo trataba de adherirse cual resistente pegamento a la angosta mesa metálica, lo mismo que un caracol que tratan de dejar sin hogar. Pero aun así cada vez que nos topábamos con un pequeño peldaño sentía que saltaba y volvía a caer varios centímetros más cerca de la orilla. Sufría doblemente porque me avergonzaba una enormidad estar llena de temores irracionales y porque estaba obligada a recorrer ese tremendo vacío hasta encontrar aquella desconocida “Consulta” del desconocido Doctor que buscaba afanosamente la auxiliar. Esas sensaciones han ido desapareciendo con el tiempo, pero aún estorban mí vida más de lo que yo quisiera. Su lenta desaparición se asemeja a una agotadora espiral en la que todavía no desaparecen los problemas y ya vienen otros a perturbar mí pacífica existencia. Y eso que no hablo de cosas complicadas. Bueno, para mí si lo son porque de pronto todo lo que me rodeaba adquirió la categoría de trascendental, por más mínimo que fuera. Por ejemplo resulta tan extraño para mí, aprender durante largos meses o años el Cómo sentarme. Son tantos los abrumadores detalles en los que hay que fijarse cuando no se tiene fuerza de sobra para hacerlo y la intención pasa a ser la principal ayuda. No había puesto atención al sinnúmero de movimientos que se necesitan hacer para lograrlo. Te miro mostrarme la simple tarea y me dan deseos de arrojarme al piso a llorar como una niña malcriada hasta que se te olvide lo que me pediste. Yo no recuerdo haber estado antes, un invierno tras otro intentando solucionar cosas sencillas de mi vida con tanto ahínco y tesón. No voy a negar que en ocasiones me demoro demasiadas lunas y que no puedo evitar contagiarme con la peste del aburrimiento, que me atrapa en sus sucias garras malintencionadas manchando mi ropa de trabajo con pintas negras de conformismo. Si no es éso, el bicho de la duda se encarga de roer mis más decididas promesas salpicándome de miles de preguntas que en el fondo sólo quieren saber sí algún día podré incorporarme sin tu ayuda. Luego vuelvo a mi trabajo de rehabilitación, te veo con cara de impaciencia y voz media enojada diciéndome que no puedo poner a cuestionarme en el aire, justo en mitad del ejercicio. Que llegue primero adelante y que después haga lo que me venga en gana. Evito lo más posible hacerme preguntas encima de nuestras horas de ejercicios, pero no siempre me da resultado. Hay algunas oportunidades en que todavía pienso que estoy dentro de un sueño pues así hayan transcurrido casi cinco años, es muy difícil convencerse de que me pasaron cosas que creía tan lejanas para una simple estudiante de Arte. Hay otras veces en que miro un poco ansiosa hacia delante y tengo esperanza en que “este año” será el mío, pero no mucho después caigo en cuenta de que lentos y silenciosos lo están siendo todo el tiempo.

http://www.artelibre.net/ARTELIBRE2/
FAUVISTAS/HERIMATISSE/matisse.htm Henri Matisse