Mi encuentro con el Trauco (por Alejandra Raposo para imprimir)
Andábamos visitando a la hermana de mi mamá que vive en el sur. Más exactamente en la isla grande de Chiloé. Nos invitó a pasar unas semanas con motivo de su cumpleaños. Yo no estaba tan entusiasmada con el viaje (sacar a una citadina quinceañera de su círculo de amistades y de su fiel computador, no es presentarle ningún gran panorama), pero como dicen por ahí ”La obediencia es una virtud”, y yo no nací para andar deshaciendo frases célebres ni mitos, partí sin chistar.
Como era de esperarse, todos los familiares me encontraron muy linda y crecidita. Mi tía dijo que me estaba poniendo tan bonita como mi abuela, y que era mejor que no saliera a pasear sola, ya que podría despertar los apetitos del Trauco. Me sonrojé un poco, porque algo sabía de aquel hombrecillo.
En el colegio una vez nos pidieron un trabajo sobre mitología chilota, y salió a la luz ese personaje. Se trataba de un hombre muy pequeño que se esconde en el bosque. Horrible y sin pies. Una figura mítica a la que le gusta deleitar sus apetitos sexuales con cuerpos curvilíneos de jovencitas, haciéndolas caer en un sueño encantado y dejándoles de recuerdo un regalo muy especial. Un embarazo. El mito dice que las acecha subido en la copa de un árbol, del que se descuelga ágilmente ayudándose con su bastón, en cuanto avista a su inocente víctima.
Le respondí a mi tía con una sonrisa escéptica, que no se preocupara y que por último sí llegaba a resultar cierto, mi integridad no correría peligro con un ser con esa descripción tan fea.
- Dios te oiga, m'hija
Después que desempacamos, y que vi televisión sentada y recostada de todas las formas que el sillón me permitió, decidí pasar aquellos días lo mejor posible. Aproveché de caminar, respirar aire limpio y compartir con parientes que no conocía.
Un tío como de setenta años nos mostró los alrededores. Subía los cerros sin problemas, y con mi mamá quedábamos a la mitad, muy atrás con la lengua afuera. Igual me daba un poco de vergüenza mi deplorable estado físico, así que durante mi estadía me volví una asidua excursionista de los bosques y lomas que rodeaban la casa. Y sí faltaba leña no titubeaba en ofrecerme, decidida a fortalecer mis piernas a como diera lugar.
En uno de mis recorridos, me distrajeron unos extraños ruidos. Mire para todos lados, pero no vi nada. Seguí caminando y los ruidos también. Imaginé un lobo y no pude evitar sentirme como Caperucita. Por precaución me agaché a recoger un leño, pero quedé tan boquiabierta con lo que apareció, que este se cayó de mi mano sin que me diera cuenta de ello. En un santiamén un hombrecillo desgarbado igual a la descripción del famoso Trauco, estaba a unos cuantos metros de mí. No supe que hacer. Estaba como paralizada (aunque por la sorpresa que me provocó su existencia, ya que con sus casi ochenta centímetros era incapaz de provocar temor) El sí se movió. Hizo algunos gestos extraños, y pensé que su distracción me daba un buen momento para huir, sin embargo, no encontré ninguna razón para hacerlo. No se veía agresivo y parecía que sí lo dejaba tranquilo, se iría por donde vino. Arrojé unas piedrecillas para espantarlo con el ruido, pero no se movió. Me miró cauteloso. Con voz algo autoritaria le grité que se fuera y palmeé mis manos para asustarlo, pero de nuevo se quedó muy quieto mirándome en abierto desafío a mis órdenes.
Algo enojada, le devolví su insistente mirada. Al verlo bien, pensé que eso era lo único agradable que tenía. Sus ojos chispeantes parecían sonreírme. Eran negros como el azabache y tan profundos que podrían haber contenido un abismo, sin ningún problema. Se transformaban condescendientes y amables, según mis deseos. Enérgicos y rebosantes de dulzura. Azules e inmensos como un inesperado abrazo del mar, o verdes y frescos como las hojas color esperanza. No importaba. Ahí estaban, esperando anhelantes cumplir con todos mis caprichos. No quise perder ni un segundo de ese deleite y continué prendada de su encanto.
En ese momento, escuché mi nombre. Se oía lejano. Llegaba como un eco que se iba unificando y convirtiendo en una sola voz. Los ojos verdes se fueron distanciando hasta formar parte de las copas de los árboles. Desperté como de un sueño. Transpirada y con mi ropa revuelta. No había nadie. Me sentí confundida. Creo que asustada me incorporé muy rápido, sacudí mi ropa y sin pensar en nada más, volví corriendo a donde mi tía, que me llamaba para almorzar.
Egon Schiele










