DETRAS DE MIS OJOS- Mi testimonio
por Alejadra Raposo ( para imprimir )
Que débil me sentía. ¿Por qué me tenían allí? ¿Acaso me iba a morir? Sí no era así ¿Qué esperaban para sacarme de ese lugar tan frío?… No había respuesta. Las horas pasaban y nadie se me acercaba. El cansancio era mi única compañía. Ansiosa y asustada, no imaginaba lo que me aguardaba.
Al oír un ruido me llenaba de esperanza, creía que venían a verme, a explicarme, y mi corazón volvía a latir fuerte por si era necesario demostrar cuanta vida albergaba, sin embargo, muy pronto comprendía que yo era la única que podía oírlo y que mi lánguida apariencia sólo provocaba desinterés.
Entre sueños, una voz familiar llegó a mis oídos. Era mi esposo que me rogaba que abriera los ojos. En aquellos instantes, mis párpados pesaban más que dos lápidas selladas, pero el sonido de mi nombre en sus labios no me dejó alternativa. No sospeché que al abrirlos, sería testigo de los episodios que cambiarían mi destino y el de todas las personas que me rodeaban.
Fue hace catorce años cuando yacía en un hospital inmóvil, sin saber que estaba muriendo. Apenas había un poco de fuerza para hacer latir mi corazón, sin embargo, incansable, entre un sopor delirante e imágenes incoherentes, yo respiraba. Mariano me exigía permanecer tranquila. A ratos distinguía caras desconocidas que bajaban la cabeza en una negativa poco alentadora. Ajena a todo, yo continuaba mi tarea hasta hundirme en una laguna de sueños y pesadillas incomprensibles.
A pesar de esta confusión, no me es posible olvidar el peor dolor que he experimentado hasta ahora. No es que fuera tan agudo, sino que era interminable. Supongo que el causante de mi pesar era un simple tubo, porque escuché muchas veces la palabra "entubar", gracias a la cual mi mente delirante, inventó sangrientos sucesos dignos del cine de terror. Es lamentable pero no me equivoqué del todo, ya que alguien introdujo sin piedad un duro pedazo de plástico en mi garganta, y lo abandonó ahí, por más tiempo del que quisiera contar. Creo que el supuesto tubo era grande para mí, y cada vez que hacía ese movimiento para tragar la saliva, sentía como sí se me enterrara hasta el alma. Meses más tarde me enteraría que aquel aparato, se usaba con un respirador que me acompañó por unos días. Al final, aquel sufrimiento terminó, y comenzó un segundo y serio traspié. Una fiebre muy alta se encargó de empeorar mi situación.
Es tan vago lo que recuerdo. Sé que estaba en peligro. Que era algo así como un duelo que todos temían que perdiera. En instantes de lucidez veía a mi esposo concentrado poniendo toallas mojadas en mi frente, diciéndome palabras que nunca escuché. Yo trataba de aferrármele con todo mi ser, para no caer en esa corriente de pesadillas carentes de sentido, pero los fervientes deseos no siempre resultan, y la fiebre terminaba adueñándose de mi. Finalmente resulté vencedora del gran duelo, y ya recuperada pude restablecer el perdido diálogo que tenía con él. Incluso aprendí a contestar a sus preguntas, con un lento abrir y cerrar de párpados. No recuerdo haber intentado hablar o moverme. Parece que varias cosas estaban claras sólo en mi inconsciente, y tardé mucho en desenredar aquella madeja. O tal vez no quería desenredarla. Recuerdo que cerraba los ojos con la esperanza de que todo estuviera normal cuando los abriera, pero eso nunca sucedía.
Durante la mayor parte del tiempo que estuve allí, no me di cuenta que mi familia era la única que se comunicaba conmigo. Ellos copaban todas mis necesidades afectivas. Al menos eso fue lo que sentí por un rato, ya que me invadió un vacío y soledad indescriptibles al descubrir que ahí, no creían que pudiera vivir. Que era mi propia suerte, la que se encargaría de anunciar que había sobrevivido. Deben haber pensado que era sólo una vida de tantas, pero olvidaron que para mí era la única. Mi vanidad se negaba a aceptar que mi vida perdía toda importancia frente a "las próximas vacaciones". Me acuerdo que sus anhelos por salir, hacían eco en mi cabeza, y me daba tanto miedo quedarme sola. En todo momento trataba de moverme y gritar que yo estaba ahí, que no me dejaran, que me ayudaran, pero nadie se detenía a escuchar mis silenciosos gritos de auxilio. Habían determinado que yo estaba inconsciente y en estado de shock. Una sentencia que no necesitaba.
Siguieron pasando los días, y mi escasa tranquilidad siguió esfumándose con eventos cotidianos que no hacían más que refregarme en la cara, que no podía moverme ni hablar. En una ocasión me encontraba absorta mirando hacia la nada, cuando me pareció advertir una delgada manguera conectada a mí por alguna parte. Esta bajaba desde una máquina que estaba puesta en un pedestal metálico, hasta desaparecer sin dejar rastro, bajo mi ropa de cama. El asunto es que la máquina, de tanto en tanto, se ponía a pitear. Una chica se acercaba para enterarse de lo que pasaba y luego varias rodeaban mi cama, diciendo cosas como: “Se tapó, ¡se tapó!”, “¿A ver? ¡Déjame probar a mí!”, “¡Échale agua tibia!”. Yo por mientras hacía una de las únicas cosas que podía hacer. Transpiraba de pánico de sólo pensar que estaba viva gracias a esa máquina, y en esos momentos se le antojaba fallar. Ya estando en mi casa me enteré de que ese instrumento era para alimentarme, y el pánico dio lugar a una vulgar inquietud (Ahora me parece gracioso pero en esa época, nunca lo fue)
Llegó la hora de regresar a casa. Yo estaba tan contenta. Ese lugar se había convertido en mi peor pesadilla. No sólo me iba, era la posibilidad de que toda esa ridícula situación desapareciera. Sí bien parte de mí ya daba por aceptada esa verdad, me era imposible abandonar esa pequeña e ilógica esperanza de que fuera otra mentira de mi inconsciente. Rogaba para que en el hospital, no se dieran cuenta que todavía me sentía mal y se arrepintieran de mi partida. Eludí sus miradas durante todo el trayecto. Primero me sacaron por una puerta y atravesamos por un pasillo. Atrás quedaban esos fríos y laberínticos muros que ya odiaba. Podía escuchar el agradable sonido que hacían las ruedas al avanzar. Guiaba la camilla una amiga, ya que mi mamá realizaba trámites para mi salida en el otro extremo del hospital. Nos detuvimos unos instantes para que ella pudiera hacer unas consultas a la señorita detrás del mesón. Me dejó disfrutando la hermosa luz del sol que entraba por la ventana. Parecía que habían pasado siglos, sin que pudiera ver luz natural. De pronto se esfumó todo el encanto. Definitivamente fue como un balde de agua fría. Una enfermera tiró de la camilla y dijo con voz muy segura: “Esta niña debe bajar a rayos”. Mi corazón agitado y queriendo abandonar mi pecho, trataba de explicar el tremendo error. Todo gritaba dentro de mí, pero aun así, no lograba decir palabra y aclarar que me habían dado de alta, que todo era legal, que en otra parte se hacía el papeleo necesario. Quería llorar de impotencia, pero no dije nada y no me moví ni un milímetro. Fui llevada cual marioneta, sin que pudiera hacer algo.
Ya en rayos o cualquier lugar donde me dejaron, fui puesta en máquinas que me causaron grandes dolores de estómago, sin embargo, terminaron rápido. En cambio la profunda decepción y la pena, se quedaron conmigo haciéndome sentir como una prisionera a la que no iban a dejar salir nunca.
Ya superada mí fantasiosa y fracasada huida, siguió pasando el tiempo con una calma enloquecedora, dejándome amarrada a esa rutinaria soledad. Por suerte, existían esos momentos en que "las muchachas de blanco", mezclaban sobre mi piel una fragante colonia con crema. Claro que no era ese el motivo de mi alegría. La verdad es que era entretenido escucharlas conversar, aunque sólo fuera entre ellas. Además, la falta de invitación no me impedía participar y opinar en mi mente.
Lo que no me gustaba para nada era cuando me secaban el pelo. Nunca vi el secador, pero podía escuchar su tedioso andar, que se confundía con el chacharear de dos voces por detrás de mi cabeza. La persona que hacía el trabajo olvidaba cambiarlo de lugar y mi cabeza se calentaba de manera horrible. Con tranquilidad, aguardaba siempre muda.
Sabía que esa incomunicación me estaba matando de angustia. De hecho, di un respiro cuando por fin se dieron cuenta que estaba atrapada detrás de mis ojos. Creí que mis penas iban a terminar, pero para mi desgracia, no resultó como esperaba. Un parpadeo para un "Si", y dos por los "No" ¿Quién más que mi familia iba a tener tiempo y paciencia para aprender ese nuevo lenguaje? No me quedó otra opción que volver a distraer mi soledad con los dramas de otros pacientes, o las voces de las muchachas, tratando de arreglar sus vidas.
Más días pasaron, y felizmente, otras personas se dirigieron a mí. Recuerdo a una señora bien simpática que ahora sé que era kinesióloga. Ella se encargaba de mover mis piernas, e incluso una vez se rió y me dijo algo que ya olvidé (Es que me dio mucha tos y terminé escupiéndola en la cara, cosa que me provoco muchos deseos de reír) Una mañana con ayuda de alguien más, me sentó en una silla. Me sujetaron con una sábana, y me llenaron de cojines (Ahí supe que mi espalda pesaba y no se podía erguir)
Mi cabeza caía sobre mi hombro sin ninguna intención, y ni siquiera lograba sostener la mandíbula. Me sentía como una gelatina a la que le habían dado forma de persona. Quizás sea muy fuerte describir el despojo humano que era, pero para pesar mío, no había otra realidad. Apenas ellas se fueron, noté que me dolía la espalda y más todavía el pecho, ya que el peso de mi tronco descansaba como cemento sobre esa asegurada amarra. No importa cuanto tiempo estuve, para mí fue como la eternidad misma. Cada segundo pensaba en que no iba a soportar más, pero por fortuna perdí el conocimiento
Como este, quedaron innumerables desenlaces truncados. Hasta desconozco todos los pormenores del día que regresé a mi casa. Tal vez sea lo mejor. No me gustaría revivir esos nefastos episodios. Eso sí, recuerdo bien una ambulancia, y la almohada de funda rosa en la que apoyaba mi cabeza. Los que conducían la ambulancia, la olvidaron en mi cama y yo no lo lamenté, pues pensé que después de haber sufrido tanto, un pedazo de esponja blanda y cómoda, era lo menos que me merecía.
Lo otro que nunca voy a poder olvidar, es esa fatídica mañana de sábado en que todo esto empezó. Recuerdo como si fuera hoy, la charla que tenía con Mariano. Recuerdo que inocentemente, se entrometió en nuestra amistosa conversación, lo que le daría un gran vuelco a nuestras vidas. Atrás y dentro de mi cabeza, algo se expandía con suavidad. Al mismo tiempo, se iba escapando todo el control que yo tenía sobre mi cuerpo. Sin saber si preocuparse o no, Mariano me preguntó que pasaba, pero sólo obtuvo balbuceos incongruentes que intentaban ser una respuesta. Trató de sentarme al borde de la cama poniendo su brazo en mi espalda, pero mi cabeza se fue hacia atrás como la de un niño de pecho. Me recostó con cuidado y salió a pedir ayuda. Los demás integrantes de la familia esperaron asustados a mi papá. Me envolvieron en la sábana y me subieron al auto. Con todos los nervios encima, mi papá trataba de poner la llave para echarlo a andar, mientras decía “Dios mío, Dios mío”, dándose cuenta que la cosa iba muy en serio. Desde atrás, Mariano trataba de tranquilizarme. Con los escasos y desordenados movimientos que me restaban, hice señas de querer escribir. No tenía nada que decir, pero estaba muy asustada y no quería perder el único lazo que me unía al resto. Desgraciadamente, el lápiz que me habían colocado entre los dedos, desapareció sin que tuviera fuerza para sostenerlo. Había perdido el escaso contacto con el exterior que me quedaba. Dejé de lado los infructuosos intentos por levantarme. Es que ya no me quedó energía para seguir luchando contra lo desconocido. Me quedé recostada en el asiento, mirando pasar las frondosas copas de los árboles a través de mi ventanilla. Las distintas voces que no sabían para donde ir, se fueron alejando hasta desaparecer, y ya no supe más.
Luego de un angustioso peregrinaje, en horas de la tarde nos recibieron en un lugar en el que sí podían hacer algo por mí. Aunque ya no estaba consciente, debo haber tenido chispazos de lucidez, porque hubo un lapsus corto de tiempo en el que recuerdo el ruido de una camilla y el sol fuerte pegándome en la cara. (Me carga el sol en la cara, me hace sentir enferma) También recuerdo extraños ruidos, máquinas, mesas frías y luces parecidas a las de un interrogatorio.
Por mucho tiempo, ni yo ni nadie supo con certeza lo que me ocurrió. Jamás se me pasó por la mente que una joven universitaria, se podía enfermar así de repente, sin que en apariencia mediara motivo alguno. Tuve que empezar a hacer todo como si fuera la primera vez. Incluso debí aprender a tragar la saliva que se me acumula en la boca (aunque aún, sí miro televisión, me río o lloro, boto un poco y ensucio mi ropa) Sólo después de varios meses de mi accidente vascular, que nunca se supo por que diablos me dio, me diagnosticaron un infarto cerebral continuo. Han pasado muchas cosas desde entonces. He perdido todo lo que alguna vez pensé que me pertenecía. Sin embargo, han sido años en los que he descubierto en mí, más ganas de recuperarme de las que jamás sospeche tener. Aunque sin duda, lo único que rescato de toda esta experiencia, es lo mucho que he tenido que aprender. Porque ese infarto, no sólo hizo explosión en mi vida, me obligó a conocer el mundo desde una silla de ruedas.











